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Análisis: Stranger Things (2016) – Lo mejor y lo peor de una época

Este análisis contiene SPOILERS.

La génesis del fenómeno

La ficción cambió, al igual que la forma de consumirla. Incluso nosotros como público hemos cambiado. Pero la nostalgia sigue intacta. Parece ingenuo hablar de esto cuando todos tenemos bien en claro que el gigante Netflix sabe lo que nos gusta antes que nosotros mismos lo sepamos. Bienvenidos a la tardía generación dorada del streaming. Y sin embargo, conservamos la misma inocencia para sorprendernos una y otra vez cuando sus producciones originales apuntan precisamente a las emociones que ahora mismo el cine comercial sólo nos puede brindar de vez en cuando.

Stranger Things es el fenómeno más reciente de este tipo de fan service infalible que nos cautiva hasta el punto del fanatismo inmediato e incondicional. ¿Pero cómo no fanatizarse? Si hablamos de una serie hecha con todo el amor y devoción por los maestros cineastas más influyentes de nuestra época; plagada de referencias a la música popular y las películas que marcaron una época cultural bisagra entre los 70’ y 80’; construido en un universo propio donde el homenaje se transforma en una especie de cita generacional capaz de reflotar un estilo narrativo olvidado, a través de la actualización de diversos géneros como el terror, la ciencia ficción y la aventura; con personajes entrañables y una estética fascinante, puestos al servicio de la materialización de la nostalgia más pura en la forma más eficaz: reviviendo las mismas experiencias que sentimos de chicos (y no tanto) al ver films como Alien (1979), E.T. (1982), Close Encounters (1977), Carrie (1976), The Thing (1982) o A Nightmare on Elm Street (1984), entre muchas otras.

No cabe duda que esta fórmula seguida cuidadosamente por sus creadores, los hermanos Duffer, es la raíz del rotundo éxito que viene cosechando el ciclo dentro del campo batalla que significan hoy en día las redes sociales y el frenético boca en boca. Un 2+2=4 casi irreal, digno de una fábrica de gallinas de huevos de oro que nos lee la mente de antemano. Y todo gracias a esa fabulosa nostalgia. Esa dichosa y embriagadora nostalgia, que nos obliga a ver sólo el bosque y no los árboles, mientras nos dura la efervescencia de descubrir nuestra nueva serie favorita.

El universo verosímil

Bárbara despierta todavía un poco desorientada después de la caída. El horror se presiente a través del reflejo de sus anteojos de marco grueso, en tanto apenas atina a vomitar por la conmoción de traspasar los límites de nuestro universo conocido. Hace frío. Demasiado frío teniendo en cuenta que es Noviembre, y que los otoños en Hawkins, Indiana, son ya de por sí bastante crudos. Sin embargo este frío es distinto, como si viniera desde lo más profundo de sus entrañas, una sensación aterradoramente gélida que la recorre hasta la punta de los pies al igual que una descarga eléctrica.

Al parecer cayó en una especie de pozo, parecido a una madriguera y con las paredes atestadas de una sustancia desagradablemente viscosa y resbaladiza. Poco a poco todo va cobrando sentido. La forma cóncava, el trampolín, ¡se encuentra en la pileta de Steve! Aunque parezca una versión mucho más retorcida y macabra de esta.

Con dificultad, Bárbara se pone de pie para darse cuenta que no está sola: una criatura monstruosa sin rostro y con aspecto humanoide se encuentra justo detrás de ella, preparada para efectuar su ataque más mortífero. Aterrorizada grita con todas sus fuerzas en busca de ayuda, mientras intenta escapar de ese organismo deforme subiéndose por la escalera clavada en la pared pegajosa. El esfuerzo es en vano porque nadie puede oírla de nuestro lado, ni siquiera su mejor amiga Nancy que está más preocupada en besarse con Steve. Ya sin fuerzas, Bárbara se deja caer en las garras de su captor. Los rugidos de la bestia y sus aullidos de dolor se pierden en la inmensidad del silencio de una dimensión paralela.

Esta escena con la que comienza el tercer episodio de la serie, condensa de manera magistral el grado de profundidad narrativa que se llega a lograr cuando se permite que la acción fluya sin apuros, en tiempo y forma. Es justamente en este momento donde se descubre la verdadera naturaleza del otro lado como un reflejo siniestro de nuestra realidad, y casi que funciona como una declaración de principios al aumentar el nivel de tensión y violencia en cuanto al futuro inmediato de los personajes. Este giro nos daría la pauta de un acercamiento mucho más adulto y oscuro para con el resto de la historia, que a pesar de algunos desequilibrios, termina mostrando su mejor cara al profundizar en el pasado turbulento de la pequeña Eleven como sujeto de experimentación militar.

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El elaborado entramado de hechos que componen la cronología de Stranger Things, es sin dudas una de las grandes razones por las que el programa resulta original entre tantas referencias y homenajes conocidos. Ya partiendo del contexto de histeria colectiva producida por la presidencia de Ronald Reagan en su batalla contra el denominado imperio del mal que era la Unión Soviética, la serie toma los mejores componentes de la ciencia ficción y el terror para crear un mundo lleno de posibilidades y conjeturas sobre las circunstancias que rodean al descubrimiento de realidades alternas. Sin embargo este trasfondo argumental tan bien logrado, queda opacado en los momentos en donde la historia debe avanzar y lo hace de forma descuidada sin tomarse la brecha necesaria para establecer todas las subtramas como corresponde. Lo que hace que en definitiva se pierda nuestra entrega emocional absoluta frente a los conflictos que suceden.

La reafirmación del universo verosímil es una de las grandes obligaciones que tiene una ficción para validarse como tal frente al espectador. No importa cuán fantasiosa pueda ser una premisa, si su estructura es creíble dentro de los parámetros de la fantasía, somos capaces de creer en engendros interdimensionales y en chicas de doce años con poderes telepáticos como si fueran moneda corriente. La entrega emocional del público frente a estas situaciones o personajes depende en gran medida de la credibilidad que logre el argumento para que nos involucremos. Es nuestro enlace de identificación con los protagonistas y su manera de hacer frente a las adversidades. Sea para admirarlos o para repudiarlos, es necesario que sus reacciones sean lo suficientemente orgánicas para que se ajusten a la delicada frontera que existe entre lo que resulta verosímil y lo que no.

Lo mejor y lo peor de una época

Es así que la última serie de los Duffer Bros. se presenta con grandes cartas sobre la mesa desde lo narrativo, pero fracasa muchas veces a la hora de hacer que sus personajes se manejen de forma creíble y práctica. Esto dicho sea de paso, basándose únicamente en lo que el mismo argumento insinúa desde la misma introducción de cada individuo, con sus respectivas personalidades y motivaciones. De esta manera, por poner un ejemplo, personas que en un principio eran totalmente escépticas cambian su esencia racional de un momento a otro y sin ningún proceso interno aparente, sólo por el hecho de ser funcionales a los hilos visibles de un guion y sus determinadas instancias clave en el argumento.

Dentro de esta concepción, resulta imposible juzgar la reacción de una madre al enfrentar la desaparición física de un hijo, y es por eso que queda fuera de discusión la facilidad con la que Joyce Byers decide ver en sus alucinaciones (reales) que Will sigue vivo en otro lugar y que este puede comunicarse a través de la luz. Sin embargo, a pesar de que todos los síntomas que presenta el personaje de Winona Ryder demuestran una clara y lógica negación de la tragedia, es su hijo más grande Jonathan – quien además tiene que hacerse cargo de los trámites funerarios de su hermano – el que prefiere creer que el culpable de todos sus males es un ser de otra dimensión, sin ningún otro tipo de prueba más que una foto borrosa.

Pero pensemos que el pobre Jonathan decide repentinamente creer en su madre porque el vínculo que los une es demasiado fuerte, y además porque la posibilidad de que Will siga con vida es un deseo muy poderoso en el cual sostenerse antes de caer en la depresión. Quien si no tendría suficientes razones para cambiar su forma de ver la realidad es Nancy Wheeler.

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Recapitulando un poco, Nancy tiene grandes motivos para desconfiar de Jonathan por haberla fotografiado en ropa interior y por su actitud esquiva e introvertida, totalmente opuesta a la imagen que intenta simular frente a su novio Steve y sus amigos. Aún con la desaparición de su amiga Bárbara sería un poco apresurado comenzar a confiar en ese chico raro que anda espiándola a escondidas. Pero poniéndonos otra vez en el campo de las suposiciones, es probable que haya otros factores subyacentes (quizás un interés romántico frustrado por Jonathan) más rotundos que la sombra extraña en una foto, los que la hayan hecho más receptiva a la teoría de un monstruo asesino.

Esto nos lleva a repensar también la forma en que se estigmatiza al monstruo por sobre a los demás villanos, representados por el gobierno norteamericano. Algunos cabos sueltos que se dejan para final de esta primera temporada – adrede o no – hacen que nos preguntemos las razones por la que aparece solo uno de estos feroces organismos; la forma en que se originan, si son mutaciones o la especie autóctona de una realidad temporal distante; y la importancia de los universos paralelos que conforman su hábitat natural. Otro detalle que llama la atención, es que desde un primer momento se infiere que esta criatura actúa desde los instintos más primitivos, a pesar de su contextura bípeda. Y es que no hay indicios de un intelecto desarrollado ya que solamente ataca para alimentarse. Algo que por cierto se asegura que sucede únicamente cuando sus sentidos detectan sangre, lo que significaría que cualquier mínima herida podría ser la causa de una potencial víctima en el pueblo y no solamente las únicas dos (Will y Bárbara) que se vieron hasta ahora durante la serie. Estas y muchas otras dudas permanecerán sin respuesta por ahora.

Pero si continuamos hablando de otras actitudes discutibles e inverosímiles, es necesario remarcar la exagerada irresponsabilidad de los adultos como un común denominador en la población de Hawkins. Recordemos que la situación en el pueblo no es la mejor luego de la desaparición de dos personas y eso se nota en la preocupación de algunos padres al imponerles a sus hijos la condición de que no salgan solos de noche. No obstante, nos encontramos varias veces con el grupo de jóvenes protagonistas paseando libremente en sus bicicletas por las calles desiertas, inadvertidos mientras los persigue abiertamente el FBI con camionetas y armas de fuego. Incluso algunos padres literalmente ausentes como los de Lucas y Dustin hacen pensar que estos chicos no se encuentran en las mejores manos.

Si tenemos en cuenta que el ciclo es un evidente homenaje ochentoso, no sorprende que este recurso de la irresponsabilidad crónica en los padres era muy común en las ficciones de esa época. Para eso no hay más que ver The Goonies (1985) o The Wonder Years (1988-1993) para darse cuenta que los chicos de los 80’ al parecer siempre se criaban solos. Y así y todo eran capaces de hacer frente a cualquier amenaza. Otro de los grandes recursos que nunca faltaban en la década de los neones fluorescentes y que en Stranger Things también dice presente son los niños que hablan y piensan como adultos. Una mecánica tan adorable como artificial, que ayudó en gran medida a construir la carrera de actores prodigio como Fred Savage y Macaulay Culkin.

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Este flagelo – si lo podemos llamar de alguna manera – lo podríamos tomar solamente como un guiño simpático sino fuera porque es el fiel reflejo de las mayores faltas al verosímil que intenta sostener la serie de Netflix. No porque Mike, Eleven, Lucas y Dustin no puedan ser lo suficientemente inteligentes para elaborar un plan que traiga de vuelta a su amigo Will. Sino porque los mismos adultos – sean héroes o villanos – actúan de manera absurda e irreal con tal de acelerar el desarrollo del argumento.

Si anteriormente me refería a la escena de la muerte de Bárbara como una de las más idóneas para destacar cuando se respetan los procesos necesarios en los que la acción se puede desarrollar con naturalidad, a continuación se encuentran los momentos en donde sucede todo lo contrario. El caso más representativo es el del comisario Hopper (David Harbour); un policía de lo más experimentado e incorruptible, acechado por el trágico recuerdo de su hija fallecida y dispuesto a resolver el misterio de las desapariciones sin importar el caiga quien caiga. Sin embargo, lo primero que hace al enterarse que la CIA está involucrada en esta conspiración, es infiltrarse en un centro de investigación de máxima seguridad por la puerta principal llena de cámaras y guardias armados, sin medir las graves consecuencias que sucederían si lo encuentran. Pero lo peor de todo esto no es la imprudencia de Hopper al proceder al mejor estilo kamikaze, sino que indefectiblemente lo atrapan, lo reducen en el suelo y finalmente LO DEJAN IR.

Justamente el gobierno de los Estados Unidos; durante uno de los períodos más sangrientos de la guerra fría; en un laboratorio secreto que desarrolla armas para combatir a la URSS; los mismos que en el primer episodio no dudaron en asesinar al cocinero de un bar sólo porque de casualidad se encontró con Eleven; esa misma gente cruel y despiadada es la que lo deja ir siendo el único testigo del proyecto más ultra-clasificado del mundo, y para colmo haciéndole creer que todo fue un sueño.

Pero seamos comprensivos una vez más. Pensemos que se levantaron de buen humor y pensaron “Pobre tipo, seguro que está borracho porque se le murió la hija. Mejor lo dejamos ir”. Y que además por eso tuvieron la decencia de no golpearlo mientras lo llevaban a su casa, lo acostaban en el sillón y lo tapaban con una frazada. Está bien, la suerte estuvo del lado de Hopper por una vez en la vida. Seguro que ahora va a ser mucho más cuidadoso y va a planear su entrada con mucha más precaución.

Error. La segunda vez ni siquiera llega hasta la puerta que ya lo atrapan con un foco de vigilancia y se lo llevan para interrogarlo acompañado de Joyce. Bueno, seguro que ahora ya no hay vuelta atrás. No te pueden atrapar dos veces, DOS VECES y que te dejen ir para que se la cuentes a todos tus amigos. Estos tipos a lo sumo te perdonan una vez y con mucha suerte.

Error otra vez. Aunque en esta oportunidad no la pasa tan bien y recibe un par de golpes, LO DEJAN IR DE NUEVO con la condición que no le cuente a nadie sobre los experimentos neuro-psiquiátricos que hacen en el lugar. Si, a pesar de que ya lo pescaron una vez metiéndose en uno de los lugares más protegidos de los Estados Unidos, siguen confiando en que no va contar nada. Y además como premio lo llevan a la otra dimensión para salvar a Will. La verdad que así es un placer que te capture la CIA.

Aunque tampoco es que los del servicio secreto sean tan despiertos para cazar a sus enemigos. Sin ir más lejos, mientras la banda de Eleven y compañía se encontraba terminando los últimos detalles para rescatar a Will, los chicos hacen un tour por la comisaría, la escuela, la casa de los Byers, es decir todo el pueblo, y en ningún momento se les ocurre a los militares ir a buscarlos o poner alguna custodia en ninguno de estos lugares. Además que Hawkins debe tener como mucho una superficie de cincuenta cuadras, así que tampoco estamos hablando de un gran despliegue.

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En esos momentos donde el límite sutil de lo verosímil se rompe, se hace muy difícil recuperarlo. De qué sirve revolear un auto por el aire con tus poderes telapáticos si los que te están persiguiendo tienen las pistolas de adorno. A fin de cuentas, lo único que genera este tipo de situaciones es que se pierda la admiración por las hazañas de los protagonistas y el respeto por los villanos. Es verdad que no dejan de ser simples detalles, pero son esas desprolijidades las que hacen que una ambientación y dirección de arte excelentes, con un elenco de primer nivel entre jóvenes talentos y experimentados, sustentado con un universo ficcional tan interesante, visiblemente trabajado y complejo, se terminen transformando en meros elementos de un cuento pasatista.

Un rato más de rodaje

¿Pero cómo pueden ocurrir estos descuidos? Si dentro de un capítulo tenemos a Millie Bobby Brown brillando con luz propia en los intensos flashbacks y al siguiente se decide resolver en 5 minutos que el cadáver de Will es falso sólo por un improbable presentimiento. Será que le estoy exigiendo demasiado una simple serie mediocre con sus lógicos altos y bajos. Quisiera creer que no. Porque si fuera mediocre, no seríamos parte de este fenómeno que la reconoce como una de las revelaciones del año, con una de las mejores bandas de sonido, no hablaríamos de lo entrañable que es Gaten Matarazzo o de las referencias a Poltergeist (1982) que se nos pasaron por alto la primera vez. Es más, ni siquiera estaríamos discutiendo defectos ni virtudes y Stranger Things habría sido otro de los tantos pilotos olvidados en el tiempo. O algo peor. Podría haber sido como la segunda temporada de True Detective.

Es difícil pensar ahora si con dos o tres capítulos más se podrían haber evitado los cambios de personalidad abruptos, los giros forzados y las resoluciones apresuradas. Aunque indudablemente los Duffer tienen todo el potencial para convertir la próxima odisea de estos simpáticos héroes preadolescentes en un pasaje mucho más orgánico que los muestre juntos otra vez venciendo a sus propios demonios personales.

Stranger Things termina su primera temporada marcando un precedente inigualable en cuanto a la gestación de una impronta única con lo mejor (y peor) de una época, pero deja un sabor amargo, producto de lo extraordinaria que podría haber sido con un rato más de rodaje para cerrar ideas y atar un par de cabos sueltos. Queda mucho todavía para descubrir con qué otro monstruo nos asustarán los Duffer el año que viene. Pero si tuviera que apostar ahora pondría todas mis fichas en Will y sus babosas.

Por Nicolás Feldmann Cambours




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Acerca del autor

Nicolás Feldmann Cambours

Nicolás Feldmann Cambours

Es locutor nacional recibido en COSAL y periodista de la Universidad Nacional de La Plata (UNLP). Creyente de Los Expedientes X y ferviente seguidor de Martin Scorsese y Terry Gilliam.