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GENEALOGÍA DE LA DOBLE MORAL: reseña histórica del policial sucio

Pablo Sebastián Pons

Breve reseña histórica del policial sucio en cine y TV: The Shield y True Detective como frutilla del postre

LA GENEALOGÍA DE LA DOBLE MORAL

Son al menos interesantes los retratos que hace la televisión en general sobre las series de detectives a través de los años. Definidores, y muchas veces definidos, por el prototipo del hombre de la época, los agentes de la ley (detectives en su mayoría) fueron evolucionando sus personalidades en cine y TV de acuerdo a los tiempos que habitaban. Con una génesis más cercana al conservadurismo, al sin matices, el policía tosco y violento fue evolucionando a seres más complejos, más intensos, más profundos, sobre todo en su concepción de la moral, donde los límites del bien y el mal, de la ley y el delito, del orden y el caos se tornaron borrosos y definidos en base a la interpretación de cada hombre. Y sus circunstancias.

En los ‘40 y ‘50 eran hombres rectos y lineales, apegados estrictamente a la ley, cuyo único exceso, irónicamente, se daba en los límites de la misma, pero nunca fuera. Porque así eran, tenían un estricto código del honor y las buenas costumbres. Recordemos a esa hombría intachable de los Dick Tracy y los Eliot Ness (de Los Intocables) en la ciudad y su equivalente rural, el western.

En paralelo con los cambios sociales que se gestaban, durante los años ‘60 y ‘70 el giro es casi dramático. Las fuerzas del orden se mostraban más informales, ya se dejaba atrás la gomina (no gel), la individualidad (los detectives andaban en parejas, no antagónicas, sino complementarias) y hasta se coqueteaba con iconos de esa generación: las drogas, la sexualidad, el rock y el hipismo. Sin embargo, el  Dirty Harry (Don Siegel, 1971) de Clint Eastwood y Serpico (Sidney Lumet, 1973) de Al Pacino vislumbraba lo que vendría en los años siguientes.

Si ya durante las décadas de mitad de siglo la inocencia se había empezado a perder, los años ’80 y sus historias vagaban en el limbo de la inocencia mainstream y el endurecimiento de los héroes que estaban del lado de la ley. La inocencia se perdía, Frank Miller publicaba la considera mejor novela gráfica de Batman,  El Caballero de La Noche Regresa (The Dark Knight Returns, 1986). Ya nada sería lo mismo. Ya no más bati-twist, ya no más onomatopeyas gráficas en los golpes, ya no más insultos santurrones, el mejor detective del mundo era un tipo oscuro y violento, como las noches de Ciudad Gótica. Incluso la mítica serie pop División Miami (Miami Vice, 1984-1990) trataba el tráfico de drogas y la prostitución. El muro caía y con él también lo hacia el paradigma bélico de espionaje post Segunda Guerra Mundial, aparecía el híper violento Robocop (1987) de Paul Verhoeven enmarcado en la sociedad de consumo y entretenimiento.

El retrato era explícito y el posmodernismo de la década del ’90 subía la apuesta deliberadamente con la irrupción del modelo de detective de doble moral (con todo el bagaje violento y sucio que venían modelando los ‘80s y parte de los ‘70s), una suerte de policía bueno-policía malo en una misma persona. Mientras Robocop encontraba su nicho marketinero en las jugueterías, Michael Mann decidía enfrentar a Al Pacino y Robert de Niro en Heat (1995), que pateaba el tablero y la cabeza de todo amante del policial y define los polos: un policía de la calle, con la misma cantidad de vicios que los ladrones y con “el fin justifica los medios” como lei motiv, y con su contrapartida fuera de la ley con códigos, organizados y valores familiares. Los mediados de los ‘90s no daban tregua: el cuasi ignoto David Fincher editaba un policial cuya oscuridad y violencia se basaba en la teología histórica, la psicopatía y un uso de los colores acorde, Seven.

La fórmula novato-experimentado se repetiría en el tercer largometraje de Antoine Fuqua, Día de Entrenamiento (Training Day, 2001) y cuando 10 años atrás la ley solo coqueteaba con el submundo de drogas, prostitución y violencia, el Alonzo Harris de Denzel Washington lo tenía como hogar. Aunque el hogar natural de Scorsese sea el retrato de pandillas o mafias americanas (preferentemente de origen italiano), el creador de Casino decidía que policías y ladrones mezclaran bandos en The Departed (2006), basada en la premiada cinta asiática Infernal Affairs (Wai-keung Lau, Alan Mak, 2002).

Y es solamente con todo lo anteriormente descripto que nace The Shield. Shawn Ryan se despacha con un policial absolutamente intenso, brutal y directo (contrario al resto de la mayoría de otras series, donde los hechos tienen desarrollos más lentos y elaborados). Heredero cuasi directo del movimiento de cámara frenético de Paul Greengrass (de la saga Bourne, Green Zone), The Shield cuenta los pormenores del detective de Los Angeles Vic Mackey (Michael Chiklis), líder del grupo de asalto integrado por Shane (Walton Goggins), Ronnie (David Rees Snell) y Lem (Kenny Johnson). Estos agentes están tan del lado de la ley como sus circunstancias lo permitan, permitiendo y destruyendo, dependiendo de sus interereses, los flagelos de una ciudad de clase baja: pandillas, prostitutas y drogas.

True Detective también parece tener un maestro cinematográfico. Y es David Fincher. Más arriba en la descripción de Seven (obra del director de El Club de la Pelea) se destacaba su oscuridad por sobre todas las cosas, y aquí es donde True Detective supera al maestro. Desde la fotografía, pasando por la banda sonora y terminando en sus personajes, Nic Pizzolatto (creador del show) irrumpe con una serie opresiva por su paleta de colores e inquietante en su propuesta. En True Detective todo es triste, todo es oscuro, todo está a punto de implotar. Sobre todo en sus personajes. Allí de destapa Matthew McConaughey en lo mejor de su carrera (incluso considerando la sobrevaluada Dallas Buyers Club) y a un Woody Harrelson bipolar: sobrio e inestable por igual.

Por diferentes razones, ambas series han reintroducido y desarrollado el paradigma del policial crudo y es en este género que dan lo mejor, cada uno a su manera, casi antagónica en comparación con el otro, pero suplementarios e imprescindibles para la definición de la última década. “Conocemos bien a estos personajes, estas son las situaciones en las que están, ahora ¿cómo se comportarían? ¿Cuáles serían las consecuencias?”, Shawn Ryan definía así su modo de escribir The Shield y es perfecto: seres humanos en situaciones horribles.

Solo hay que dejarlos actuar.

 

“El hombre es el animal más cruel”, Friederich Nietzsche.

por Pablo S. Pons




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Acerca del autor

Pablo Sebastián Pons

Pablo Sebastián Pons

Periodista. Colaborador en las secciones Crítica de Cine y Crítica de Series