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Análisis de Fedora (1978) de Billy Wilder

Proyector Fantasma
Escrito por Proyector Fantasma

                                                “FEDORA” Y EL MIEDO A NO SER

Para finales de los años setenta, la estrella del veterano director y guionista Billy Wilder se estaba apagando. Sus proyectos no conseguían financiación y, lo que es peor, no despertaban el interés de (casi) nadie. Atrás habían quedado épocas de gloria, cuando su nombre era asociado a realizaciones de originalidad y excelencia como El Crepúsculo de los Dioses (1950), La comezón del séptimo año (1955) o El Apartamento (1960), sólo por citar algunas. En ese contexto Fedora (1978), que a la postre resultaría su última producción, bien podría interpretarse como una descarnada reflexión acerca de la fama, la vanidad, el paso del tiempo y sus consecuencias y, porque no, la muerte entendida como símbolo trágico y mordaz.

La versión restaurada que se exhibió en la última edición del BAFICI, es una oportunidad para revalorar a la distancia un film que en su momento fue masacrado por la crítica, el público y hasta su director, que quedó descontento con el corte final, la nula difusión del estudio y algunas actuaciones (Marthe Keller, Fedora). En definitiva, desahuciado por una película que, pese a estar muy bien narrada, no logró complacer y seducir como antaño al público, esos vampiros callados.

El escenario elegido para abrir y cerrar la historia es el mismo: un funeral. A quien velan es a la propia Fedora, que yace impecable en un ataúd visitado por decenas de personas que se acercan a despedir a una de las más fulgurantes y hermosas actrices del Hollywood clásico. Entre ellas, sobresale un hombre elegante y algo mayor (William Holden) que rumia entorno al cuerpo preguntándose si los hechos acaecidos durante la última semana no habían conducido inexorablemente a ese desenlace, con él mismo como responsable.

fedora
Se hace una pausa y el tiempo, se intuye, retrocede unos días. Un productor de cine (Holden) está buscando desesperadamente a Fedora, que vive recluida y retirada en una pequeña isla griega. Su deseo es entregarle el guión para una nueva versión de Anna Karenina (de Tolstoi) que desea llevar a la pantalla, pese a estar prácticamente en quiebra (primer guiño de Wilder).

Todo lo que envuelve a la actriz está cargado de misterio y secretismo. El acceso a ella parece vedado por quienes la rodean y es poco lo que puede averiguarse. Una sorpresiva e inesperada invitación a su casona-escondite termina transformándose en la puerta de entrada al verdadero mundo de Fedora. El productor es recibido por una extraña y aristocrática Condesa, que le da a entender las razones, aparentes, del porqué de su reclusión y alejamiento de la pantalla.

Apelando al recurso de los flashbacks, utilizados en numerosas ocasiones para serpentear por distintos momentos en la carrera de Fedora, el vínculo entre los protagonistas se va linkeando al compás de un rompecabezas que es reconstruido a pedazos; pero sirven también como excusa para representar un cine -el de Wilder- que ya a esa altura descansaba en paz (otro guiño).

Con una alta dosis de cinismo y desfachatez, lo que el director refleja de forma tajante y elaborada a través de Fedora, son los peligros que subyacen en la obsesión por la “juventud eterna”, y lo caro que puede llegar a pagarse un error. El develamiento de que toda apariencia es engañosa y que la decadencia no es sino sinónimo de desintegración, olvido y muerte, son las cartas que Wilder enseñó al mundo en su última mano.

Por Nicolás Roa

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