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Crítica: El Código Enigma (2014). Dir: Morten Tyldum

Lucía Frank Langer

Dirección: Morten Tyldum. Guión: Graham Moore. Elenco:  Benedict Cumberbatch, Keira Knightley, Mathew Goode, Rory Kinnear, Charles Dance. Música: Alexander Desplat. Duración: 114 minutos. Estreno en Argentina: 02/02/2015

 

Bajo la dirección de Morten Tyldum, Benedict Cumberbatch se pone en la piel de Alan Turing, un matemático que, durante la Segunda Guerra Mundial, colabora con el servicio secreto de inteligencia británico (M16), para intentar decodificar la información encriptada que los alemanes se envían entre sí a través de ondas de radio. Junto a un equipo de colegas y criptógrafos convocados especialmente para esta tarea ultra secreta, Turing se embarca en una carrera diaria contra el reloj para conseguir crear una máquina que logre descifrar la información en menos de 24 horas, tiempo en el cual el código caduca y los obliga a empezar de nuevo.

Si bien no está entre las favoritas para ninguna de las 8 categorías por las que compite en los Premios Oscar (entre ellas, Mejor Película, Director y Actor), El Código Enigma (The Imitation Game), hace honor a su nombre y cuenta mucho más de lo que la trama general revela en una primera lectura.

Basada en hechos reales, y adaptada por Graham Moore a partir del libro homónimo de Andrew Hodges, la película plantea, dentro del contexto de por sí complicado de la guerra, las dificultades sociales y los prejuicios que vienen aparejados a tener intereses distintos, inteligencia y, sobre todo, cierta conciencia de que existe esa inteligencia. Un poco a la manera en la que la película “Una Mente Brillante” (A Beautiful Mind, 2001) muestra la vida del matemático John Forbes Nash, interpretado por Russell Crowe, sólo que en este caso, Turing no padece esquizofrenia ni ninguna enfermedad mental en particular (salvo quizás cierto nivel de Asperger), si no que es homosexual – lo cual en aquella época era un delito condenable.

A fuerza de adaptación y comprensión de cómo deberían ser las relaciones,  Turing acaba por camuflarse entre sus colegas – motivado por un tipo de cariño que, si bien es sincero, no logra  pasar de la amistad. Pero su esencia no cambia y, con el tiempo, aquello que se construye para conformar a otros se muestra frágil e insostenible.

Procesar y vivir las emociones de forma distinta al resto de los seres humanos, ¿nos convierte en robots? Ser directos y evitar los códigos sutiles del lenguaje, ¿nos hace monstruos insensibles? El interés por el bienestar de otra persona, ¿llega alguna vez a parecerse al verdadero amor? Incluso sin ser puestos en contexto,  ante el avance de las comunicaciones en redes sociales, los fenómenos como el bulling o el cyber bulling y la alienación general en materia de tolerancia, estos interrogantes se presentan como temas actuales y que merecen una reflexión. Cómo nos percibimos a nosotros mismos y cómo nos mostramos ante los demás; de qué modo ponemos en juego nuestros puntos fuertes y habilidades para que funcionen con las capacidades de otros, o si acaso elegimos aislarnos. Qué perdemos y ganamos en esas elecciones, y hasta qué punto son influenciadas por los prejuicios, propios y ajenos.

Toda esta subtrama del film que, a mí entender, es el mensaje más importante que encierra, está bien soportada por el contexto no menos terrible en el que transcurre, que es nada menos que la Segunda Guerra Mundial – si bien por momentos el espíritu nacionalista británico y el patriotismo resultan un poco exasperantes.

A lo largo de la película, Cumberbatch hace gala de su habilidad para representar personajes calculadores y un tanto desapegados, cuyas motivaciones particulares son más lógicas que emotivas; el perfil de correcto y frío caballero inglés le queda muy bien – ya lo conocemos interpretando a Sherlock Holmes, por ejemplo. Quizás es justamente por eso que resulta tan creíble su vulnerabilidad en los momentos más álgidos y dramáticos de la historia, en los que comprendemos que mantener distancia de los sentimientos propios y ajenos, incluso como arma de defensa, tiene un precio.

Hay que decir que la elección de Keira Knightley para interpretar a Joan Clarke, la única mujer que integró el equipo de trabajo del código Enigma y que estuvo brevemente comprometida con Turing, fue más que acertada. Además de funcionar como una contraparte sensible frente al robotismo del protagonista, Knightley trabaja bien en roles de mujeres de época que, sin ser femmes fatales, se defienden y sobreviven en un mundo de hombres a partir de sus fuertes convicciones y objetivos.

Con todo, la película justifica todas y cada una de las nominaciones que ha recibido, tanto a los Oscar como a Golden Globes y otros reconocimientos en el mundo del cine.

PUNTAJE: 9/10

Por Lucía Frank Langer

Aquí pueden leer un análisis de la banda sonora de El código Enigma a cargo de Gastón Pereyra.




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Acerca del autor

Lucía Frank Langer

Lucía Frank Langer

Periodista. Colaboradora en las secciones de Cine y Series.