Crítica Series

El homenaje sin bandera de Chernobyl (2019) – HBO

La peor catástrofe nuclear de la historia es uno de los escenarios más trágicos, como también más interesantes, en los que se podía profundizar en este momento tan particular de la cultura del entretenimiento. HBO tomó la posta de la curiosidad alrededor de las razones del desastre, luego de tantos años, y lo materializó en algo que probablemente no fuera lo que estaba esperando el espectador acostumbrado a la acción y el drama vertiginoso, propio de las últimas temporadas de Game of Thrones, el último show insignia de la cadena. Sin embargo, la impronta realista y reflexiva de esta miniserie de tan solo 5 capítulos, va a la par de la necesidad de renovar su catálogo con nuevas propuestas (con el regreso de True Detective y Barry a la cabeza), y es así que Chernobyl se convierte en uno de los relatos más crudos que puede haber sobre aquella fatídica mañana de Abril, en 1986.

Craig Mazin y Johan Renck – guionista y director, respectivamente – lograron descubrir una narrativa en un contexto de caos y destrucción donde las historias comunes y humanas se desdibujaron por detrás del hermetismo soviético. Un bombero víctima de la radiación, un joven asistente en la central nuclear que entra en pánico cuando la explosión del reactor es inminente, los chicos yendo a la escuela sin saber que respiran el cáncer que los va a consumir en unos años; pequeñas situaciones que hacen de la catástrofe una realidad más cercana, con sacrificios y decisiones envueltas de incertidumbre y confusión, entre escombros y resignación por la burocracia soviética.

Esta cotidianidad en medio de tanta muerte es lo que brinda un acercamiento más personal a todos los hechos que se fueron sucediendo a lo largo de los días, ya con la emergencia radioactiva decretada. Pero no por eso la serie deja de ser didáctica en este sentido, intentando explicar de la manera más natural y pedagógica posible la serie de eventos desafortunados que detonaron el accidente, sin que eso implique tener conocimientos en ingeniería nuclear o una especialización en diplomacia comunista.

Todo el trasfondo necesario para introducirse en Chernobyl sucede en la primera escena: dos años después de la explosión de la central nuclear en Ucrania, el científico químico Valery Legásov (Jared Harris) se encuentra en la cocina de su humilde departamento en Moscú. La penumbra resalta los muebles desgastados y el óxido de las paredes transmite una sensación de sofocación. Legásov está grabando su confesión, y hace hincapié en evidencias que aparentemente no fueron presentadas durante el juicio oficial a los supuestos responsables del desastre. La culpa lo ahoga en su descargo.

Esta imagen por sí sola revela una hermosa sensación de opresión. El protagonista envuelto en un cono de luz, frustrado y exhausto por años de luchar contra la desidia y las consecuencias de la radioactividad. Mientras tanto, en la vereda de enfrente de su edificio hay un auto que lo observa atentamente, devolviéndonos a los últimos años del estado soviético como tal.

Esta introducción es la antesala de la impronta que la serie profundiza a lo largo de los 4 episodios siguientes; una sensación de angustia constante por el sólo hecho de tener que aceptar que es una historia real. Desde los primeros momentos de la catástrofe con la destrucción del reactor y las implicaciones en la salud de los pocos operarios sobrevivientes, hasta el proceso de restauración y contención de las sustancias nocivas que emanan de las ruinas, lo desesperación se percibe en los rostros de cada uno de los personajes, mientras nos imaginamos un contador invisible que continuamente nos advierte cada minuto que pasan expuestos a los daños de cientos de bombas atómicas al mismo tiempo.

No obstante, en un plano más existencial, Chernobyl usa este sentimiento de terror para ahondar en el corazón del espíritu humano. Una imagen recurrente es la que muestra a miles de civiles, intelectuales y funcionarios enfrentándose de distintas maneras a la muerte, con algunos actuando desde un lógico sentido de supervivencia o desde el egoísmo más radical, en contraposición a los héroes anónimos que arriesgaron su reputación, su salud o su vida por evitar que la radiación llegue al resto de Europa. A fin de cuentas, la muerte es lo único que iguala a todos los protagonistas de esta historia, sin importar cual sea su estatus social o su responsabilidad en el accidente.

Existe una especie de estribillo visual en cada capítulo que grafica estas formas diametralmente opuestas de aceptar el panorama desolador de la catástrofe: alguien entra horrorizado a una habitación — sea un ingeniero, un operario, o el mismo Legásov — e intenta informar una nueva avería fatal en el reactor, para que del otro lado alguien responda con desdén, ignorancia, o una negación patológica — por lo general un jefe o un funcionario de mayor poder — que eso es totalmente imposible y que sus mentiras serán castigadas por ser comportamiento antipatriota. Mientras tanto, las consecuencias de la radioactividad se muestran a simple vista en las quemaduras sintéticas y el dolor físico insoportable de los civiles voluntarios dispuestos a remover los restos de la explosión. Chernobyl claramente hace su comentario político desde lo visual.

La información técnica sobre cada momento en la cronología del desastre puede que se convierta en una exposición académica en algunas ocasiones, pero por lo general el trío principal compuesto por Legásov (Harris), el vicejefe del gabinete de ministros Boris Shcherbina (Stellan Skarsgard) y la física nuclear Ulana Khomyuk (Emily Watson), son los encargados de dotar de emotividad y verdad a las reacciones químicas que son recitadas como nudos del argumento. Por lo que los elementos que se narran por fuera del núcleo duro de los hechos reales son los que terminan tomando más protagonismo, y es en la historia Lyudmilla Ignatenko (Jessie Buckley) acompañando a su marido bombero sobrellevar la radiación, o la de un joven voluntario y el conflicto emocional de matar a los perros y gatos abandonados de la ciudad de Pripyat, donde el dramatismo recae para que estos personajes nos resulten personas, en vez de simples nombres en la lista de víctimas.

Chernobyl captura de manera escalofriante un momento único en la historia de la humanidad, con el contexto de lo mejor y lo peor de una nación que se construyó para ser la mayor potencia política y social de su época. Es aquí donde la frialdad con la que el estado soviético se movía para evitar mostrar debilidad a sus enemigos profundizaba aún más las repercusiones de la tragedia, algo que contrasta con la valentía del pueblo, los simples ciudadanos que se expusieron a la radiación con tal de asegurarle un futuro a sus hijos.

Claro que esta miniserie no deja de ser un producto occidental, y a eso se le puede reprochar que el elenco sea predominantemente británico, y que por más que los nombres, ciudades, señalización y hasta la tipografía y las voces de evacuación por altoparlante estén en ruso, todos los personajes hablan inglés. Por lo que si no fuera por la magistral ambientación y la arquitectura netamente soviética, ni el intento de un acento cirílico sería suficiente para que el show no se perciba como una versión apocalíptica de The Crown.

Probablemente este gran detalle sea la peor ofensa para un país tan susceptible a la imagen negativa como lo es el ruso, en donde ya se confirmó la producción una remake propia como descargo. Sin embargo, la potencia de su narración y el respeto de esta versión al sacrificio anónimo de un pueblo frente a la adversidad es inapelable, sin importar el origen de su producción. En este homenaje a los caídos, la memoria no tiene bandera.

Por Nicolás Feldmann Cambours




¿Te interesó este artículo? Compartilo en las Redes sociales.




Acerca del autor

Nicolás Feldmann Cambours

Nicolás Feldmann Cambours

Es locutor nacional recibido en COSAL y periodista de la Universidad Nacional de La Plata (UNLP). Creyente de Los Expedientes X y ferviente seguidor de Martin Scorsese y Terry Gilliam.