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Adelanto del libro «Las canciones que mi madre me enseñó»

Marianela Santillan

Durante agosto de 2016, el escritor y periodista chileno, Víctor Hugo Ortega -autor de “Al Pacino estuvo en Malloco” (2012), “Elogio del Maracanazo” (2013), y «Relatos Huachos»(2015)- lanzará su cuarta publicación independiente y autoeditada, «Las canciones que mi madre me enseñó» (2016). 

A modo de adelanto hoy compartimos con ustedes «El gran mentiroso», cuento que integra dicha publicación, y que su autor dedica a Raúl Ruiz, quien mundialmente es considerado como uno de los cineastas y teóricos latinoamericanos más importantes  y prolíferos de la historia, ya que su singular y excéntrico estilo y lenguaje narrativo abordó múltiples y disímiles temáticas tanto cinematográficas como filosóficas.

Agradecemos a Víctor por permitirnos compartir el texto en cuestión, que presentamos a continuación:

EL GRAN MENTIROSO

A Raúl Ruiz

El gran mentiroso era un gran anfitrión. Ante nuestras quejas y rostros sudorosos, nos sirvió té helado y nos habló del calor en Chile, en México y en España. La comparación amable tenía el objetivo de hacernos pensar que deberíamos estar agradecidos. Eso creímos Andrés y yo, mientras nos miramos el signo de interrogación que tenía cada uno sobre la cabeza. Estábamos nerviosos. Muy nerviosos.

Fue una diminuta sonrisa, qué digo diminuta, apenas un esbozo de sonrisa lo que nos dejó claro que era una de sus bromas sutiles con efecto retardado, la especialidad de la casa. Hay que masticarlas bien para reír. Éramos dos hombres convertidos en niños por un mago elegante de bigotes blancos. Rostro de cansancio y de curiosidad. Miradas listas para jugar y comenzar el intercambio de divagaciones entre un tierno embaucador y dos inocentes preguntones.

El gran mentiroso era un gran educado. Nos dijo que en los setenta él se preguntaba ¿quién tiene las armas? Y nos dijo que eso mismo se preguntaban los otros, que eran sus amigos, aunque no tanto.

Le pregunté al gran mentiroso por esa carta que le había escrito meses atrás, y que se la pasé personalmente cuando tomaba un vino con un tipo rapado al cero, en el bar Normandie de Providencia. Me respondió que la carta estaba allí, en el mismo bolsillo donde la había dejado cuando se la entregué. Y que nunca más había vuelto a ocupar ese traje, pero la carta estaba allí. A salvo. Yo lo miré serio y él levantó las cejas, al mismo tiempo que hacía chocar los dedos de ambas manos con total relajo, preparado para más preguntas.

El gran mentiroso nos contó una historia. Una vez estaba él en la terraza de su casa en la calle Huelén, y un auto quedó en pana. El conductor se bajó y le pidió ayuda. Y él fue a ver en qué podía ayudar. De copiloto iba una mujer con una guagua. La radio del auto estaba encendida. Otro hombre se acercó a ofrecer ayuda también. El conductor le pidió a este que se pusiera al volante, mientras él junto al gran mentiroso empujaban.

Empujaron hasta que el motor encendió y el auto arrancó y se fue. El gran mentiroso y el hombre se quedaron mirando unos segundos en la calle, y como si nada, resolvieron ir a tomarse un vino. Yo miré fijo al gran mentiroso con mi vaso de té helado en la mano. ¿Y la mujer con la guagua?, pregunté. Él me miró con cara de «no es mi problema». Miré a Andrés y ahora tenía dos signos de interrogación sobre su cabeza. Supuse que yo también.

El gran mentiroso me preguntó por mi pueblo. Le conté algunas cosas de mi madre, de los árboles, de amores y desamores, de frutas y verduras, de perros maleteros y de caminos para andar en bicicleta. Me preguntó sobre los cantantes del pueblo. Le conté que conocía a un par. Me gustan los cantantes de pueblo y los festivales musicales de pueblo, nos dijo.

El gran mentiroso siguió: una vez fui a un festival de la voz a un pueblo que está a una hora de Santiago. Andrés y yo parecíamos estar en una sala de cine, sentados uno al lado del otro, mirando una película que se trataba de un hombre que nos contaba una película. Los niños en este pueblo tenían la costumbre de lanzar challas. La historia avanzó y aunque hubo muchas partes que no entendimos, nos gustó el final, que decía que los niños le tiraron al gran mentiroso un puñado de challas y quedó ciego, según él, por una semana.

Este cuento pertenece al libro “Las canciones que mi madre me enseñó”, de Víctor Hugo Ortega, que será lanzado en agosto de 2016, en Santiago de Chile, mes en el que casualmente -o no- se cumplen cinco años desde el fallecimiento de Ruiz.

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Pronto ofreceremos más información sobre como conseguir el libro! 




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Acerca del autor

Marianela Santillan

Marianela Santillan

Lic. en Psicología (UBA) -Psicóloga online-, con formación en Artes Audiovisuales (IUNA). Docente. Editora y redactora responsable de la sección CINE en Proyector Fantasma.