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Crítica: Once Upon a Time in Hollywood (2019) Dir. Quentin Tarantino

Ficha técnica de la película: Título de distribución: Érase una vez en Hollywood. Dirección y guion: Quentin Tarantino. Elenco: Leonardo DiCaprio, Brad Pitt, Margot Robbie, Emile Hirsch, Margaret Qualley, Timothy Olyphant, Austin Butler, Dakota Fanning, Bruce Dern, Al Pacino. Fotografía: Robert Richardson. Montaje: Fred Raskin. País: Estados Unidos, Reino Unido. Distribuidora: UIP. Duración: 161 minutos. Estreno en cines de Argentina: 22/08/2019.

Desde Hollywood con amor

Tal como como un western suele tomar personajes y lugares reales como el lienzo perfecto para crear épicas leyendas, con valientes antihéroes y traiciones inesperadas, Once Upon a Time in Hollywood es también un mundo mágico donde la aventura y su detrás de escena conviven casi sin un límite visible. Es imposible dejar de pensar en eso cuando cada escena de la novena película de Quentin Tarantino (una suma caprichosa si se decide tomar las dos partes de Kill Bill como un solo film) sea probablemente lo más parecido a un niño jugando a recrear las historias que acaba de ver en la tele durante la merienda, apropiándose de sus héroes para hacerlos protagonistas de sus propios guiones imaginarios.

Tarantino siempre fue una especie de bestia pop. En realidad toda su filmografía se basa principalmente en su obsesión por el cine como espectador, para luego dirigir emulando todo lo que alguna vez le fascinó de joven. Aunque este Tarantino es más maduro, más nostálgico y paciente que el que esperaría un fanático de Pulp Fiction (1994) o Bastardos sin Gloria (2009), sin perder los claros rasgos que lo caracterizan.

Su mirada se luce mucho más cuando está llevada por el amor a sus influencias. Se ve en cada una de sus escenas de artes marciales, en cada tiroteo descontrolado o conversación trivial que sobrepasa al absurdo. Pero aquí el homenaje va más allá de los cameos o de las cientos de guiños a su vasta memoria cinéfila, para traducirse en el cariño con el que se apropia de un momento histórico único en los Estados Unidos (y en el mundo seguramente) como lo fue la década del 1960 en materia política y cultural. A su vez, se nota que Tarantino tiene un afecto enorme por estos personajes, y esa melancolía es lo que probablemente lo haya motivado a cerrar la etapa de venganzas iniciada con Bastardos… hasta la más reciente The Hateful Eight (2015) .

Fines de 1969, plena transición en la industria del cine y la inminente llegada del nuevo Hollywood. Leonardo DiCaprio y Brad Pitt son Rick Dalton y Cliff Booth, un actor en decadencia y su mejor amigo doble de riesgo, en medio del proceso de renovación que acarrea la pérdida de inocencia en la industria. Rick ya no es la estrella de antes, un galán de western de antaño, y ahora se tiene que conformar con hacer papeles esporádicos como villano en programas de TV que lejos están de posicionarlo nuevamente como protagónico.

Tampoco Cliff tiene mucho que hacer con la llegada de los stunts profesionales, aunque su actitud despreocupada hace pensar que mucho no le importa. Su rol ahora es determinadamente secundario en el medio, lo que no evita que se pase el día aventurándose por la ciudad de Los Ángeles con su camisa hawaiana haciendo los mandados de Rick, mientras este actúa en el piloto de turno. Su relación se traduce en lo que el mismo film define como «más que un hermano, pero poco menos que una esposa», digna de una lealtad y un cariño conmovedores que ablandan a los personajes por dentro de sus apariencias recias.

Era de esperarse que en el universo de esta Los Ángeles sesentosa Tarantino se dé el gusto de incluir toda la fauna autóctona del star system de la época, donde no solo Bruce Lee hace un pequeña (y polémica) aparición, sino también el mítico Steve Mcqueen, y demás actores y directores como James Stacy o Sam Wanamaker. Un repertorio innumerable de nombres propios que rondaban la industria y que sorprenden en detallismo a la hora de rastrear cada personaje y su alter-ego real.

Claro que entre los rostros ilustres, los más destacados y controversiales seguramente sean los de Roman Polanski (Rafal Zawierucha) y Sharon Tate (Margot Robbie), que casualmente aquí son los vecinos de Rick Dalton en la tristemente célebre calle Cielo Drive.

Difícilmente haya un caso policial más emblemático que el de Sharon Tate, no obstante, es lógico que no todos sepan su historia. La joven actriz, embarazada de ocho meses, fue asesinada en su casa el 9 de agosto de 1969, junto a cuatro amigos, por un grupo perteneciente a la secta religiosa de Charles Manson. 

Con este hecho en mente es que Once Upon a Time in Hollywood cobra otro sentido al ver en carne y hueso a la Sharon Tate de Robbie ir al cine o bailando despreocupada en una fiesta, totalmente inconsciente del destino fatal que le depara. Cada aparición de la bella rubia conlleva una trágica ingenuidad en su alegría que nos prepara para lo peor, a medida que la película se va a acercando a su final. Pero por fuera de esta fragilidad es que Tarantino decide tratar a su personaje con una delicadeza insoslayable, que evita ponerla en el papel de víctima que la historia de su muerte le impuso.

Existe un gran debate sobre el lugar algo pueril que el film le da a Sharon Tate, retratándola como una joven superficial e inocente, embobada con su efímera fama y su mansión de estrella de Hollywood. Pero lo que trasciende a su personaje, a su leyenda, es la posibilidad de ser alguien más que la mujer de Roman Polanski o la mera referencia a la larga lista de los crímenes de la familia Manson; es la posibilidad de ver a la Sharon de ficción verse reflejada en la Sharon real protagonizando The Wrecking Crew (1969), su última película, con la melancolía de imaginar su potencial carrera como actriz. El encanto natural de Margot Robbie es más parecido a la noción de inocencia interrumpida que a la de una mujer superflua sin más motivaciones que ser deseada por otros.

Pero la romantización del Hollywood del 60’ no sería suficiente sino fuera por el detallismo enfermizo que Tarantino tuvo para recrear la época. Cada canción radial, cartel o marquesina tiene su fuente histórica, a la par de los modelos de autos, vestimentas y hasta jerga cotidiana, brindan la sensación de estar viendo a través de los ojos de un hombre obsesionado con su idealización del cine y el recuerdo emotivo que le genera, más que al mismo Hollywood en sí. Por lo cual no es necesario ser consciente de cada una de las alusiones más oscuras a la mitología hollywoodense, como el chiste de la muerte de Natalie Wood, o cada pantallazo de FBI o The Great Escape para disfrutar de este carnaval de cultura pop.

Gran parte de este disfrute también se debe al despliegue de Leonardo DiCaprio en escena, a partir del cual resulta imposible imaginar a otro en la piel del irascible Rick Dalton. DiCaprio siempre fue dueño de una especie de carisma propio del Hollywood clásico, pero aquí logra una caracterización tan compleja como fascinante, dotando al personaje de una humanidad enternecedora que se funde en las inseguridades de un actor deprimido al sentir que ya se le terminaron los quince minutos de fama. Esta angustia tiene su contrapunto perfecto en Cliff, el incondicional compañero interpretado por Brad Pitt que cumple el rol de cable a tierra ante a la neurosis de su amigo, a la vez que rebalsa de simpatía tan solo con su actitud indiferente frente a cualquier conflicto. En su reencuentro con Tarantino desde Bastardo sin Gloria, Pitt recuerda que su talento todavía se mantiene cuando la dirección y el guión acompañan.

Once Upon a Time… es definitivamente una película fuera de lo común, distinta al estándar actual y no solo por la impronta grandilocuente de la época la que homenajea. Es un film provocador desde su estructura episódica a contramano de la más tradicional narrativa de tres actos, hasta su incorrección política en tiempos de revisionismo ideológico, fácil de ser tildado como misógino por la violencia hacia personajes femeninos, o de intolerante y prejuicioso por el lugar marginal que se le asigna la comunidad hippie. Y sin embargo, todos estos elementos son parte de una ironía que se puede rastrear sin esfuerzo en la filmografía de Tarantino, donde abundan mujeres fuertes e independientes, como también minorías empoderadas.

Sin importar la polémica que originen sus producciones, existe algo que el Quentin Tarantino adulto comparte con aquel joven irreverente que irrumpió en Cannes con Reservoir Dogs, y es el poder de generar debates interminables y discusiones cinematográficas que lo traen una y otra vez del postergado retiro para realizar una película más. Cuando hay tanta pasión por filmar, nadie puede quedar indiferente a su magia.

Por Nico Feldmann Cambours

Crítica de la película
Fecha
Película
Once Upon a Time in Hollywood (2019)
Puntaje
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Acerca del autor

Nicolás Feldmann Cambours

Nicolás Feldmann Cambours

Es locutor nacional recibido en COSAL y periodista de la Universidad Nacional de La Plata (UNLP). Creyente de Los Expedientes X y ferviente seguidor de Martin Scorsese y Terry Gilliam.